COLECTIVO BOLIVIANO CANADIENSE


Referéndum boliviano y aprobación de una nueva CPE: El Ekeko derrota a Santa Claus

Posted in OPINION par colectivoboliviano le 4 février, 2009

 Ekeko vs. Santa ClausEl Ekeko

Por Alejandro Saravia

Para considerar otra lectura del reciente Referéndum boliviano para la aprobación de una nueva Constitución Política del Estado, CPE, vale la pena detenerse en el valor simbólico de dos fechas: el 24 y el 25 de enero, Día de Alasitas y día del Referéndum, respectivamente. El 24 de enero, en el mundo andino boliviano, es el día de Alasitas y celebración de la deidad llamada Ekeko, que se encarga de cumplir con los deseos de quienes creen en él. Sería incompleto un análisis post-referendario en Bolivia si no se toma en cuenta este aspecto cultural andino, de larga tradición y de alto valor simbólico, que moldea tanto las relaciones de grupo como la construcción identitaria del sujeto andino. El Ekeko es una deidad, un concepto y una práctica cultural que escapa a toda teoría política occidental. Y parte de los resultados del referéndum pueden ser explicados por la articulación colectiva del deseo representado en esta figura. Es posible que los operadores políticos del gobierno del Movimiento al Socialismo, partido en el poder, hayan elegido esta fecha tomando en cuenta el factor simbólico del Ekeko. También es posible que no haya sido el caso. Sin embargo, las regiones donde mayor apoyo obtuvo la propuesta de una nueva CPE corresponden a las regiones aymaras y quechuas, población indígena mayoritaria al interior del conjunto de los pueblos originarios bolivianos y que vive y cree en el altiplano y los valles interandinos. Estas dos culturas, históricamente sedentarias en comparación a algunos pueblos indígenas amazónicos; de tradición agrícola y poseedores de una memoria larga, pueden “leer” al Ekeko de modo diferente a los espacios sociales bolivianos que optan por una modernidad que significa la práctica de modelos de reproducción cultural exportados desde los centros hegemónicos en el mundo. Sin embargo, aún “modernas” y no indígenas, esas prácticas culturales importadas no dejan de tener rasgos en común con el Ekeko: la creencia en fuerzas supranaturales: los muertos que regresan en Halloween, y la magia del hombre regordete, de casaca roja y botas negras, que vuela desde el Polo Norte trayendo los regalos de Navidad. Son estos dos registros culturales que, de cierta manera, se enfrentaron en el Referéndum que aprobó la nueva CPE boliviana. Esto no quiere decir que ambos se excluyan mecánicamente en el imaginario andino, ya que en los hechos coexisten. Lo que cambia en esta interpretación es su proyección como acción política. Un visitante que haya sido testigo de lo que ocurre en La Paz, la capital boliviana y capital del mundo aymara, un 24 de enero al mediodía, habrá sido testigo tanto de un ritual precolombino como de un momento de magia urbana: ese 24 de enero de 2009, una gran parte de paceños y alteños soñaban despiertos caminando entre los puestos de venta de objetos en miniatura instalados en mesas de vendedores en cientos de plazas, calles y avenidas: soñaban caminando, conversando entre el humo de los sahumerios, bajo los toldos urbanos, bajo la azul tibieza del Inti. Los creyentes en el Ekeko tenían ese día al mundo en las manos, las yemas palpando el sueño poseído. “Llévese una casita, dólares, euros, un título profesional, un empleo…” Los yatiris –los verdaderos y los improvisados- ancianos aymaras vestidos para la ocasión, saludaban al sol, a las montañas, al aire andino con hojas de coca en la mano, bendiciendo los objetos de miniatura que los creyentes habían comprado con el ferviente deseo que en el 2009 puedan conseguir lo deseado. Sin duda que parte de esa experiencia encarnaba la noción de “vivir bien”, que es uno de los ideologemas motores en el actual proceso boliviano. Ese “vivir bien” que formó parte del horizonte de deseos en ese día y a esa hora, tuvo su extensión política y colectiva en la aprobación de la nueva CPE. Como anota el periodista Martín Sivak en un reciente artículo “Evo: misión cumplida”, publicado en “El Universal” (México) esta nueva Constitución Política del Estado no le pertenece a Evo Morales. Fue una exigencia de las jornadas de octubre de 2003, cuando las fuerzas sociales y políticas forzaron la renuncia de Gonzalo Sánchez de Lozada. Pero sus orígenes contemporáneos se remontan a la mítica marcha de los indígenas de la Amazonía boliviana, de 1990 hacia La Paz, una marcha llamada “Por el Territorio y la Dignidad”. Esa primera iniciativa ganó un mayor avance político con la segunda marcha de 1996: la “Marcha por el territorio, el desarrollo y la participación política de los pueblos indígenas”, organizada por la CIDOB. Fueron estas movilizaciones, sumadas a las guerras del agua y el gas, las que llevaron primero a una Asamblea Constituyente, y luego a la nueva CPE aprobada el pasado 25 de enero por más de un 60 % de los bolivianos. La nueva Carta Magna, que sustituirá a la vigente desde 1967, propone un Estado plurinacional comunitario, intercultural, descentralizado y con autonomías. Esta conjunción de esfuerzos entre pueblos indígenas amazónicos y andinos – pese a las diferencias e intereses en conflicto entre tierras altas y bajas del país- que desemboca en un documento fundacional, echa por tierra los ejercicios de gimnasia demagógica a los que se han dedicado los portavoces de las oligarquías orientales y sus aliados, que tras saberse los resultados del Referéndum que aprobó la nueva CPE, buscan desde negociar de nuevo un documento ya aprobado por la mayoría de la población (Branco Marinkovic), hasta la resistencia (Rubén Costas) y el desacato puro y simple de la nueva CPE (Sabina Cuéllar). Ignoran estos personajes que no fue todo el electorado cruceño o tarijeño que rechazó la nueva CPE, por lo cual no pueden arrogarse una representatividad absoluta de sus respectivos departamentos. Para entender la insolvencia de los argumentos de la oligarquía boliviana, imaginemos por un instante que aquellos Estados de la Unión Americana, en los que no ganó el candidato demócrata Barack Obama, decidieran, unilateralmente, desconocer al nuevo presidente y desacatar y resistir las leyes y el gobierno emanado de Washington. Esto es lo que proponen los prefectos que optaron por el No y que perdieron en un Referéndum avalado por la opinión internacional, una consulta que recibió inclusive las felicitaciones del propio Departamento de Estado estadounidense. Ese 25 de enero de 2009 representa uno de los mayores logros de la democracia participativa boliviana: el consultar a cada ciudadano, sin importar su origen étnico o clase social, cómo querían vivir, bajo qué reglas y qué valores colectivos. ¡Cuánta distancia entre esa jornada y aquel artículo 13 de la primera Constitución Política de Bolivia, redactada por el propio Simón Bolívar en 1825, que decía que sólo podían votar quienes sabían leer y escribir castellano, silenciando desde entonces a los pueblos indígenas en el manejo del Estado!,¡qué lejos de las elecciones de 1884, donde sólo podían votar 30.000 hombres bolivianos en un país que ya tenía 1.600.000 habitantes! Bajo el balcón del Palacio Quemado se encontraban en la noche del 25 de enero un jubiloso número de jóvenes procedentes de varios países. Cantaron que la espada de Simón Bolívar camina por América Latina. Puede que sí, pero el momento no se deja capturar por visiones del pasado. Por un momento, aquella plaza se convirtió en el corazón de los deseos de millones de desheredados de América Latina, el continente donde la brecha entre ricos y pobres es la más ancha, la más profunda en el mundo. Un continente donde un archimillonario mexicano, Carlos Slim, puede comprarse países enteros mientras la población mexicana se debate entre cruzar la frontera o sucumbir a la corrupción para poder sobrevivir. El triunfo de la nueva CPE, más que un proceso de revolución, marca el inicio de un proceso de reconstrucción de Bolivia, esta vez con todos sus ciudadanos como actores y participantes. Hablar de “empate” tras el resultado es desconocer la historia boliviana de los de abajo. Argumentar que el voto enfrenta a las ciudades con el campo es volver a las premisas de construcción de Estado en los tiempos de “Facundo” (civilización y barbarie, la visión de Sarmiento, quien afirmaba sin pestañear sobre los pueblos indígenas: “Por los salvajes de América siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar.”), que ignora la movilidad social entre el campo y la ciudad y el impacto de las nuevas tecnologías de comunicación y la revalorización de las culturas. Reclamar que la nueva Constitución atenta contra la fe cristiana es desconocer el largo y rico patrimonio cultural boliviano que es el sincretismo religioso, donde la Vírgen María es también la Pachamama y la diosa luna, y tata dios es el Inti, y que finalmente, el tema de dios es una cuestión de opinión personal y no un compromiso de Estado, porque dioses hay muchos. Se puede decir finalmente que, si el 24 de enero los bolivianos que celebraban Alasitas y al Ekeko soñaban despiertos; el 25, el día del referéndum, esos mismos bolivianos iban a las urnas despiertos, soñando. “Aquí se acabó el Estado colonial”, dijo Evo Morales a la multitud que asistió a la Plaza Murillo para celebrar el triunfo aquella noche en La Paz. Cabe esperar que no sea la corrupción la que acabe colonizando de nuevo al Estado boliviano emergente.

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