COLECTIVO BOLIVIANO CANADIENSE


De Evo a Obama, sus diferencias y el referéndum

Posted in Política,Referéndum par colectivoboliviano sur 22 janvier, 2009

Por Alejandro Saravia

En la fría y despejada mañana del 20 de enero, unos dos millones de personas, incluyendo cientos de miles de afroamericanos, concurrieron a los inmensos terrenos del National Mall, en Washington DC, a ser testigos del juramento del nuevo presidente estadounidense Barack Hussein Obama, su primer presidente mulato.

Apretado en medio de aquella inmensa masa de espectadores, de una audiencia que deseaba profundamente ser reconocida a partir de ese día como ciudadana y no como simple sujeto consumidor, no era difícil imaginar lo que habría sentido un común mortal al ser testigo de la ceremonia de coronación del nuevo emperador en la Roma de los césares. Lo que el nuevo emperador estadounidense decida a partir de ahora, tendrá consecuencias en Kabul y en Cochabamba.

Para la hora de la inauguración del nuevo mandato en Washington, hacía ya dos días que habían empezado las celebraciones en un pueblito de Kenia, donde nació el padre de Obama. Que el hijo de un africano llegue a ser el presidente de Estados Unidos es algo tan justo, tan significativo, como la llegada de un indígena a la presidencia en Bolivia.

En ambos países, el racismo ha dejado un largo camino de cadáveres y atropellos históricos. Doce presidentes estadounidenses fueron dueños de esclavos. La propia Casa Blanca fue construida con el sudor de aquellos africanos que tuvieron la desgracia de caer en las redes de los tratantes de esclavos, en su mayoría empresarios europeos.

Muy cerca al National Mall, el lugar donde ese 20 de enero dos millones de esperanzas se apretaban para conservar el calor de sus cuerpos, está el lugar donde, hasta 1850, se compraba y se vendía carne negra. Según Eric Williams, el autor de Capitalismo y esclavitud (1944), el propio desarrollo capitalista estadounidense no habría sido posible sin la fuerza de trabajo de los millones de esclavos traídos de África.

El hecho de que el dominico Juan Ginés de Sepúlveda fracasara en 1550 en su intento de convencer al emperador del sacro imperio romano germánico y de España, Carlos I, que los indígenas de las Américas eran incapaces de gobernarse y que eran por tanto “esclavos naturales”, no impidió que millones de ellos fueran tratados como tales en los campos y minas de plata que alimentaron el desarrollo capitalista europeo.

Es ya lugar común la imagen de los dos puentes que van desde el Cerro Rico hasta España: el uno hecho de plata y el otro de huesos de indios. El costo humano de la empresa colonial entre los indígenas del Alto Perú, hoy Bolivia, fue un inmenso genocidio que hasta la fecha no ha sido ni reconocido ni reparado.

Desde esta perspectiva, la historia de los pueblos indígenas y los africanos en las Américas no es muy disímil. Ha tomado siglos el que un descendiente de indígenas y el otro de africanos ocupen, respectivamente, la presidencia del país militarmente más poderoso del mundo y del país más saqueado y más pobre de Sudamérica.

¿A quién deben beneficiar las riquezas?

Con toda diferencia que existe entre la primera y la última potencia de las Américas, ambos presidentes se plantean una interrogante: ¿a quién deben beneficiar las riquezas del país?

En Estados Unidos, el dar rienda suelta al sector empresarial, el levantar cuanto obstáculo fiscal, legal o medioambiental se oponía al enriquecimiento rápido, el creer fanáticamente que el Estado no tiene un papel en la dirección de economía del país, le ha llevado al descalabro económico. Obama hereda la mayor crisis desde la Gran Depresión de 1929. En su discurso de asunción de la presidencia, Obama habló de poner un freno a ese capitalismo desbocado, de hacer que la economía beneficie a todos sus ciudadanos, y no únicamente a las pocas familias que controlan la riqueza de ese país.

Copiando en algo a Evo, Obama ha decretado no una reducción pero sí un congelamiento de salarios para los miembros de su administración. También ha señalado su intención de hacer que su gobierno sea más transparente y menos corrupto. Sin embargo, la gran diferencia es que Obama quiere renovar la narrativa de la gran empresa imperial capitalista, mientras Morales quiere desmontar las consecuencias de esa narrativa en la periferia boliviana. Obama no pide disculpas por el estilo de vida en Estados Unidos, un estilo de vida consumista que ha llevado al mundo al borde de la catástrofe medioambiental.

En Bolivia, el tema del próximo referéndum plantea la misma pregunta: ¿a quién deben beneficiar las riquezas del país? Esta es la pregunta que no se hacen los proponentes del No. O confundidos o confundidores, ellos lanzan al aire el tema de que la nueva Constitución apoya el aborto, que no es otra cosa que reconocer el derecho humano que tiene toda mujer de decidir por ella misma si quiere o no ser madre.

Los campeones del No lanzan el tema de que Evo no ha ido a la escuela. Como si tener un título universitario, algo deseable y necesario para todos los bolivianos, sin importar su origen étnico, fuera una garantía absoluta de idoneidad, honestidad y sentido común. ¿Qué han hecho muchos de los titulados en el exterior cuando llegaron al gobierno? Empezando por Gonzalo Sánchez de Losada, no han hecho otra cosa que saquear muy doctamente el erario público.

Una de las razones por las que se le negaba al indígena el derecho al voto hasta 1952 era porque no sabía leer ni escribir el castellano. Ahora, los proponentes del No dicen que si alguien no tiene título universitario no puede ser elegido presidente. Lo que están diciendo es, en realidad, que un indio no puede ser presidente. El racismo es el mismo.

Al final del día, el tema del referéndum no es el Evo. Es determinar, mediante una Constitución, por ejemplo, si el agua debe ser un derecho humano o un bien sujeto a las reglas del mercado, es decir, de acceso a quien pueda pagarla. Es determinar a quién le pertenece el país: a los bolivianos o a esa clase social que se encargaba de administrar el Estado para beneficio del capital transnacional y que quiere a toda costa el regreso de USAID, la DEA y el chantaje permanente de la certificación y las preferencias arancelarias.

 

 

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