COLECTIVO BOLIVIANO CANADIENSE


Días de chuño, dengue y reinas de carnaval

Posted in Uncategorized par colectivoboliviano sur 7 mars, 2009

Crónicas bolivianas

 Por Alejandro Saravia

Llevando una arrugada camisa manga corta, un pantalón viejo y de color oscuro, la figura de Ángelo surgió de entre la masa de peatones que circulaba entre los puestos de venta próximos a la antigua terminal de buses de Santa Cruz. Bronceado y de baja estatura, al vernos dejó ver una vigorosa dentadura como signo de bienvenida, estirando la mano para el saludo. Una mano ancha, quizá demasiado grande para su estatura, callosa y firme. Su oficio es de jardinero, de aquellos que parecen poseídos por un amor ciego y brutal por los herbicidas. Sabe limpiarse bien el terreno, rápido lo hace. Lo echas al lugar y en dos semanas todo ya está muerto y limpio ya se sabe quedar. Le pregunté qué tipo de herbicida usaba, imaginando que hasta podría responder: El agente naranja, el defoliante vastamente utilizado por el patético ejercito estadounidense contra las fuerzas del Viet Cong. La verdad no sabría decirte, caballero.

Durante la segunda semana de febrero, la vasta ciudad de Santa Cruz se preparaba para festejar el carnaval. Tanto los ricos, que para poder permanecer ricos tienen necesariamente que ser muy pocos, como los pobres, que son la mayoría de la población en la ciudad tropical, se dedicaban a la construcción y el ornamento de sus disfraces, de sus carros alegóricos, para la entrada del Corso. Ángelo hacía parte del segundo grupo de cruceños. Inmigrante potosino en tierras amazónicas, hacía ya unos diez años que él había cambiado la ruda aridez y los fríos inmisericordes de su remoto pueblo seco por los ardientes atardeceres y la sofocante humedad de las tierras tropicales. Por lo menos ya no tenía que conseguir tanta ropa de lana. Ahora le bastaba un par de camisas de manga corta compradas a los ropavejeros para andar vestido casi todo el año. Y en la casa, un árbol de papaya, otro de mango, un tercero de paltas, además del naranjo y el limonero, daban con qué llenar la barriga, según la temporada. Pero ahora, como nunca antes, había llegado el dengue a Santa Cruz.

Teníamos que llevar a Ángelo el jardinero a ver un trabajo que queríamos encomendarle, aunque esa su desmedida preferencia por los herbicidas nos tenía intranquilos. Tomamos un taxi Toyota Corolla modelo Station Wagon, color blanco, rumbo al séptimo anillo de la ciudad. En Santa Cruz hay diez trillones de estos autos. Al sentarme junto al chofer, noté extrañamente que yo estaba frente a la consola de control con los indicadores de temperatura del motor, nivel de gasolina en el tanque y el odómetro, pero el volante estaba al otro lado, férreamente aprisionado por las manos del conductor. No se preocupe, que éste es un auto chuto, me explico Ángelo. El chofer, tan lampiño y joven como un kamikaze del emperador, asintió con la cabeza mientras sus ojos escrutaban como con hambre el tráfico que se abría frente a nosotros. Miré de nuevo el odómetro y vi que el auto ya había rodado 457.892 kilómetros sobre la faz de la tierra. Admiré en secreto a los ingenieros japoneses.

Mientras el taxi corría por la ciudad como un lechón huyendo del cocinero, me animé a preguntarle a Ángelo sobre el dengue en su ciudad.

– Ángelo, ¿a usted le ha dado el dengue?

– No, pero me quiere joder porque a ratos me duele la cabeza. A mi hija ya le ha dado, la pobrecita, menos mal que no se ha muerto porque saben morirse cuando botan sangre, pero ella no ha botado nada. Amarilla no más se ha puesto, y le han salido unas manchas en los brazos y las piernas. Le han puesto un suero y está tomando unas pastillas, parasitomil o paracetamil, una cosa que es como un herbicida contra el gusano del dengue.

El dengue, además de ser una enfermedad, es una constatación socioeconómica. Para fines de febrero de 2009, un 70% de los aproximadamente 30.000 afectados en Bolivia se encontraban en el departamento de Santa Cruz. Y en la propia ciudad de Santa Cruz, la mayoría de las víctimas provenía de los barrios más pobres, donde no hay alcantarillado ni servicios municipales básicos. Barrio 1º de Mayo, Plan 3000 son dos zonas de la ciudad donde fueron a dar los huérfanos del neoliberalismo boliviano. Allí la gente utiliza llantas usadas como peso para sostener las calaminas de sus techos en su lugar, y, en el agua acumulada al interior de esas llantas crecen las larvas del Aedes Aegipty, el mosquito transmisor del dengue. La gente que vive en estas zonas de la urbe cruceña no frecuenta las adineradas zonas de la ciudad como Equipetrol. Son bolivianos que para poder pagarse una entrada al cine en el complejo del Cine Center, que equivale a unos diez o doce dólares, tendrían que dejar de comer por lo menos dos o tres días, cosa que obviamente no hacen porque tienen que dar de comer a sus huahuas. Es a estos barrios donde llegan, cuando arrecia su furor autonomista, los viejos jóvenes de la Juventud Cruceñista. Pero no vienen a mejorar las condiciones de vida ni a combatir las causas del dengue. Vienen a dar palo, a insultar y golpear a estas masas que apoyan una nueva constitución política del Estado, un presidente indígena, que no es blanco y que quiere devolver parte de las tierras cruceñas a sus legítimos dueños: las poblaciones indígenas del oriente boliviano.

– ¿Ángelo, está tomando algunas precauciones para evitar el dengue?

– ¡No!… pero me fijo bien en los mosquitos que se me acercan. Ese que sabe dar dengue es atigradito, tiene unas manchas blancas en las patitas. A ese hay que matarlo rápido. Yo lo veo y ya, ahí mismo, ya lo estoy matando. Ese mosquito es un carajo.

– ¿Por qué?

– Porque el dengue está fuerte en Santa Cruz. Yo trabajo con un ingeniero, y hasta al ingeniero le ha dado dengue. Ni siquiera al ingeniero respeta ese dengue y a mí más me quiere dar. Me sabe doler la cabeza, los huesos, pero yo le digo: dengue carajo, a mí no me vas a joder porque tengo que trabajar. Creo que por eso a mi huahua le ha dado pero a mi no todavía.

En la sede de CIDOB, ante decenas de líderes del campo, escucho a “Chiqui” Nuñez, un responsable de CIPCA hablando con los indígenas y campesinos organizados del oriente boliviano. Se trata de una reunión de evaluación técnica y política de la Nueva Constitución del Estado, aprobada por referéndum el pasado 25 de enero de 2009. Hay lagunas, hace falta mayor representación indígena en el gobierno, son algunas de las conclusiones. Sin embargo, lo que más se destaca es la lucidez en desarmar la construcción discursiva de la oligarquía cruceña.

Ellos, los Costas, los Marinkovic, la CAINCO, nos dicen: “Yo soy un camba rico y tú eres un camba pobre, pero eso no tiene que importarnos. Lo que importa es que los dos somos cruceños, y como cruceños, tenemos que defender la autonomía contra el centralismo de La Paz, aunque yo te pague mal o te explote o te haga trabajar en mis tierras en condiciones de esclavitud.” Un centralismo que por 184 años ha estado en manos de esta misma oligarquía. Y ahora ellos vienen con que son defensores de la democracia y la autonomía.

Ya empieza la tarde, la calurosa tarde en el gran salón de CIDOB, en el polvoriento Barrio 1º de Mayo de Santa Cruz. Llega la hora de las salteñas. Poco importa el calor, las salteñas valen oro a cualquier hora del día, en cualquier parte del país. Un gato duerme bajo una de las sillas de plástico donde está sentado, atento, un dirigente campesino.

El tema de fondo, en este momento en la historia de Bolivia, es la lucha por la tierra, por los recursos naturales. Y en esto, la oligarquía cruceña es una aliada natural del capital transnacional y de los intereses de Estados Unidos en Bolivia. Sencillamente, la oligarquía cruceña y boliviana no necesita ser boliviana, no quiere ser boliviana ni piensa en los intereses de Bolivia, que somos todos nosotros. Todo lo que le interesa es la mejor forma de llenarse los bolsillos con los recursos que nos pertenecen a todos los bolivianos. Esa es la lucha. La aprobación de la Nueva Constitución del Estado, ha sido quizá la parte más fácil. Ahora empieza la verdadera lucha, para la que debemos estar preparados, porque se van a venir con todo, porque ya han perdido en el terreno político, porque ya han fracasado cuando fueron a tocar las puertas de los cuarteles llamando a un golpe de Estado. Todo lo que les queda es la mentira, la manipulación y para eso tienen sus medios de comunicación. Porque no hay que equivocarse: el oligarca dueño de tierras mal habidas y el oligarca dueño de medios de comunicación tienen exactamente los mismos intereses. Nuestra lucha es contra ellos.

El Bloque del Oriente, esa suma de líderes de pueblos indígenas y sindicatos campesinos del trópico boliviano, aplaude y uno no puede más que admirarse ante el largo camino recorrido por estos sectores bolivianos para lograr una voz y un lugar digno en la construcción del nuevo Estado boliviano. En un muro de Santa Cruz, allá por el segundo anillo, hay un graffiti que dice: “Muerte a los collas.” Como desafiando a la muerte, como animándome a meter la cabeza entre las fauces de un yacaré del río Piraí, me voy al lugar más camba de Santa Cruz: el Club 24 de Septiembre, lugar de coronación de reinas y de fervor cruceñista. Son casi las dos de la tarde. Entro al vasto salón del primer piso, tomo una mesa blanca cubierta con un mantel verde y pido un almuerzo. El lugar es una hermosa casona blanca en plena esquina de la plaza principal cruceña. Vieja y algo dilapidada, parece el escenario natural para una película sobre la nostalgia colonial en Indochina o Ceilán. Ahora es el lugar donde se es testigo de la descolonización de Bolivia. Sé que mi acento me delata como colla aunque haya dejado de vivir en tierras collas desde hace lustros. Mis temores son infundados, la gente en este lugar es cordial, amable. Será que nos une el natural amor del boliviano por la buena mesa. En seguida me traen la comida. En un lugar que es el corazón de lo camba, me esperaba un majadito, yuca hervida, o carne a la parrilla. Sin embargo, el mesero me trae un plato con el alimento más colla del mundo: unos chuños, una tuntas en medi de una sajta de pollo que de tanto sabor y hermosura casi le llenan a uno los ojos de lágrimas. ¿Cómo es posible que en este templo de la cruceñidad me sirvan chuños, que son tan collas? Tras el primer bocado se produce la revelación: Toda esa feroz nube negra de hostilidad entre cambas y collas es en parte una fabricación de los medios de comunicación privados que desconocen los principios básicos del periodismo, son periódicos oligarcas que llaman “prisioneros políticos” a los responsables de matanzas, son redes de televisión empeñadas en repetir imágenes sin contexto, como la captura de los responsables de la masacre de El Porvenir, con el fin de caldear los ánimos, apelar a la violencia como respuesta a un proyecto político que quiere refundar Bolivia a partir de la premisa de que el Estado le pertenece a los bolivianos y no al Departamento de Estado. Saboreo los chuños con deleite mientras crece en mi un profundo afecto por esta tierra cruceña, por la espontaneidad de su gente, por su alegría y su duro batallar para mejorar sus condiciones de vida.

El carnaval sirve para todo. Para justificar la sorpresa del 23 de marzo de 1879 en Antofagasta y la consecuente pérdida del Litoral boliviano. Para olvidar por unos días que Bolivia es el segundo país más pobre del hemisferio, después de Haití. En Santa Cruz sirve para no ver los estragos de las lluvias y las inundaciones de la temporada, para no ver que todos los cruceños no son iguales ni tienen los mismos intereses, para no ver que Bolivia hace parte de una región del mundo, América Latina, donde existe la brecha más grande entre ricos y pobres, lo cual hace necesario profundos cambios estructurales en el país. Y esto se ve en Santa Cruz. El dengue es la prueba. Ésta golpea a los más pobres, a la base política del MAS. Y uno no puede dejar de recordar que ya en los años 80, la CIA utilizó el dengue como arma biológica contra Cuba, para desgastar al gobierno de la Revolución cubana, para agotar sus magros recursos económicos, para fomentar disturbios antigubernamentales y causar el embotellamiento y la debacle del sistema de salud cubano.

En estos días de dengue, ¿qué hace la oligarquía que controla el discurso político cruceño por aquellos bolivianos que viven en condiciones miserables en los canales del segundo anillo en Santa Cruz? No hace nada, y tampoco quiere que se haga algo, esto mientras esos cambitas desheredados, a menudo drogados, no alteren sus tardes de té y tenis ni les tomen sus tierras. Por eso, los muñecos hablantes de la oligarquía cruceña, como el prefecto Rubén Costas, se empeñan en sus desplantes ante el gobierno central. Por eso se niegan a aceptar una autonomía para todos, porque la única autonomía que quiere esta oligarquía es aquella que le permita quedarse con las tierras y beneficiarse de los recursos de Santa Cruz a costa de los derechos de los pueblos indígenas y de los cruceños en general.

Le pregunto de nuevo a Ángelo si conoce a otras personas con dengue y le digo que yo estoy tomando pastillas de complejo B como forma de ahuyentar a los mosquitos, aunque la medida no parece surtir efecto. Como es jardinero, él cuenta que otro de sus clientes, un médico, también ha caído víctima del dengue.

– ¿Se ha muerto?, le pregunto

– No. Al principio ha botado sangre, pero no mucho. Ahora está mejor, está en su casa, caminando despacito. Dice que le duele todo y yo le digo: “Aistá pues doctor, a ver, operate vos mismo.”, diciendo le digo.

El jardinero se pone a reír tras su última frase. El humor de Ángelo es algo macabro, pero le permite sobrellevar el hecho de que su oficio de jardinero le convierte cada día en plato principal para los mosquitos que se incuban y crecen en los jardines cruceños y que le pican a su regalado gusto. El joven taxista también se ríe mientras nos perdemos en el azaroso tráfico urbano cruceño.

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